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La ventana de Overton: El viaje transdimensional de Rezak

La Puerta de Overton
La Ventana de Overton

Tras los límites de la extrañeza yace la figuración abstracta, que es el reino de la crisis semántica, de la libre analogía, de la fiesta anárquica de los sentidos y los significados. Hacia estos predios remonta La ventana de Overton (Armando Castro), nuevo videoclip con que los músicos y realizadores de Rezak (en estrecha colaboración melódica con Totem) continúan confirmándose como otra de las propuestas más llamativas de este género audiovisual en Cuba, al que han propiciado obras como las subvaloradas piezas Rojo (Armando Quintana), Border (Armando Castro) y Un solo cambio (Jenny Sánchez) y otras varias más, que de conjunto articulan un corpus conceptual y estético con el cual —a fuerza de búsqueda, experimentación y cacumen— se van equiparando más rápido que lento al legado dejado por sus predecesores de Nacional Electrónica (100%, Hacia el progreso, Aerobios #5, ¡Llegamos al futuro!) hace una década y un poco más. Como RZK Producciones se ha desdoblado Rezak en casa productora, para ganar en autonomía económica y artística.

La ventana… matiza el año con el único acercamiento videoclipero a la ciencia ficción, de cierta inclinación hacia el ciberpunk fundacional de cintas como Tron (Steven Lisberger, 1982) y El cortador de césped (Brett Leonard, 1992). Sobre todo, esta segunda película, en cuanto a la estética de animación 3D fantasiosamente retro escogida por el realizador para soñar y estructurar un universo alienígeno o superfuturista. Su ambigua localización parece corresponder más a las praderas cerebrales que a la infinitud galáctica de nuestra dimensión de la existencia. O a un espacio deslocalizado respecto a ambas. Un mundo de antimateria, de anti-nada y de anti-todo, en el que flota una urbe digna de El Incal de Jodorowsky.

Los músicos se muestran como pasajeros criogenizados a bordo de una caprichosa nave ¿espacial, transdimensional, subatómica, onírica, existencial? que bien merece una descripción lovecraftiana por su “geometría imposible”, apta para subsistir en los océanos de mercurio por donde navega, y en los psicodélicos puentes de Einstein-Rosen que conectan puntos al azar en el universo oculto en un bit de información.

Quizás se proponen como cercanos émulos del astronauta de 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrik, 1968), durante la travesía climática de la clásica cinta, que en realidad parece ir en dos direcciones: hacia el macrocosmos innominable y hacia el igualmente incalculable microcosmos personal. Quizás es el viaje que previó Miguel Collazo en su olvidada gran novela.

El bajel, abstracto como sus propósitos no declarados, fruto de lógicas y filosofías otras, parece abrirse simultáneos pasos por este mundo que es, a la vez, muchas veces. Como solo la poesía puede serlo. Desanda los eriales de grisura metálica e inhumanidad cibernética hasta alcanzar un remanso cromático, como salido de la paleta de un pintor impresionista. La forma abstracta geométrica da paso a la sensorialidad expansiva libre de líneas y ángulos, libre de límites. Arriban los “abstractonautas” a la danza de las luces, donde todo se diluye en una pluralidad orgiástica de tonalidades.

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